El niño que se va haciendo adulto, muere. Muere como niño, como entidad de niño, como “concepto” , si se pretende. Un niño es algo así como una novela por escribir; algo así como la veleta que se agita incesante y se arremolina dentro del pecho. Un niño es una tormenta dulce. Es todo lo que aún no es.
El niño se hace adulto y muere, definitivamente. La pena, sin embargo, consiste en volver a ser niño; en sentirse niño al cabo de los años y morir un poco más cada mañana, frente al espejo, contemplando cómo se nos escapa lo que fuimos, cómo dejamos de ser a cada instante. Cómo añoramos el tiempo que nos olvida.
Magnífico.
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