Hola a todos los inconscientes, curiosos o despistados que, por h o por b hayáis venido a parar a este espacio que he creado para regurgitar mi conciencia si es preciso. Fuera de típicas jergas introductorias, lejos de palabras de protocolo, espero que el viajero disfrute de su pérdida, si así lo pretende, en este lugar para desahogar penas y esbozar deseos y sueños; para compartir desgracias e ilusiones .

Saludos desde el mundo invertido.

José Costa

martes, 10 de abril de 2012

Los hombrecillos.







 A veces pienso que las palabras tienen vida propia, que me poseen, que al cabo del tiempo son como un espejo; y siento que al escribirlas, estoy delatando una parcela de mi ser, y que, al amarlas, se van volviendo lo que soy hasta quedarse, hasta adueñarse por completo de mí. Tal es mi locura que incluso soy incapaz de hacer nada si no me lo dicen ellas. La mayoría de las veces ni siquiera tengo que escribirlas en un formato definido: basta con mirar un diario, con escuchar las conversaciones ajenas o soñar despierto antes de tomar mis medicinas para dormir. Ellas solas se van escribiendo en mi cabeza; constantemente, mientras me dan de comer, mientras me cambian el pañal, mientras duermo. Deben ser estas pastillas del demonio.
   Cuando despierto a penas puedo abrir los ojos. Soy un cachorro de lobo recién parido, un cachorrito adorable en brazos de una mulatita preciosa. Los párpados pegados, las legañas… que bien se esta con los ojos cerrados, carajo. Es entonces cuando más escribo, y organizo  mi mente para  el resto del día. Muchas veces, la mayoría, es como si, ya una vez despierto, tuviera entre mis manos la edición definitiva de mi obra, el volumen terminado con sus páginas frescas y olorosas, pulido y corregido desde el índice hasta el punto y final. El trabajo previo, los manuscritos, los estudios… todo ha sido trabajado a fondo durante la noche, con una diligencia sagaz, durante los sueños que ya no recuerdo. Imagino a los hombrecillos y señoritas que viven dentro de mi, atareados de acá para allá, con papeles en la mano, fumando Winston o cualquier porquería de liar, bebiendo café mientras revisan ojerosos las palabras que brotan sin descanso de mis tejidos cerebrales mientras duermo. Los imagino en la sala de proyección tomando nota de cada imagen; de Marina riendo, cogiendo flores en el jardín de mi casa sin jardín; de las enredaderas que trepan el techo agrietado y se van descolgando hasta volverse una jungla, con sus indígenas y todo pintados de azul, y su piel de pantera sobre la cabeza mientras preparan un corazón sobre las grandes hojas mojadas y verdes del humus ecuatorial: en cuclillas, todo bien sazonado, aun parece latir. De nuevo Marina. Ahora el pelo de Marina. La jungla. Los indígenas. El corazón latiendo vestido de sangre espesada, menú del día: corazones en su salsa.


  Esto no se lo cuento a nadie porque no quiero que piensen que estoy loco. Sentirse loco es sentirse desplazado. ¿Se imaginan un mundo sin locos?. Desde luego para el sector de los manicomios sería un duro golpe: zas , y todos al paro de un plumazo, las enfermeras, los chicos del comedor. Que desastre. Habría que inventar nuevos locos para darle trabajo a esa gente, establecer planes de acción acordes a momentos de crisis, con sus gabinetes extraordinarios y sus convenios patronal- sindicatos-sector público. Que pereza la cordura, tu. Que locura.

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