Siempre estaba en su mecedora beige, con el torso descubierto y los ojos entreabiertos ante las correrías de indios y vaqueros en Tabernas. El fulgor de sus disparos sobreiluminaba por pequeñas fracciones de segundo el garaje de olor a gasolina y a verano donde nada más existía fuera de mi abuelo , el lejano oeste, la mecedora ,y yo. Los azulejos dibujaban grotescamente las siluetas de los mesteños pintos de los pieles rojas , y de los grandes y fornidos jacos del séptimo de caballería. Ambos acababan fundiéndose en el disperso bailar de la luz sobre la piedra cenefa, ensombrecida por la noche que cautelosamente se colaba entre los flecos de la cortina de las moscas acompañada del refresco de las doce y media.
Las noches de verano no existían aquí. Las prisiones siempre son lugares fríos. Al menos, yo no conocí nunca ninguna que aglutinara algo de calor, ya estuviera la prisión en el Sahara o en los confines de los Andes. De todos modos, hace tiempo que ya no me importa un carajo mi lugar de residencia, me basta, simplemente, con saber que estoy en el mundo. Ahora sin embargo, ese factor me resulta también indiferente; de hecho preferiría que no existiesen lugares así en el mundo, aunque según dicen fuera la otra realidad no dista mucho de esto.
Ya no recuerdo el exterior. He olvidado el aspecto de la hierba mas allá de las montañas sedientas y de las rocas duras que reducen mis fronteras a las estancias reducidas de mis cárceles. Dicen que de todas formas no queda hierba ahí fuera; que ha desaparecido el color del aire y de las cosas.
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