Hola a todos los inconscientes, curiosos o despistados que, por h o por b hayáis venido a parar a este espacio que he creado para regurgitar mi conciencia si es preciso. Fuera de típicas jergas introductorias, lejos de palabras de protocolo, espero que el viajero disfrute de su pérdida, si así lo pretende, en este lugar para desahogar penas y esbozar deseos y sueños; para compartir desgracias e ilusiones .

Saludos desde el mundo invertido.

José Costa

jueves, 5 de abril de 2012

María


María


Todos necesitamos de los demás para ser nosotros mismos.
  Antes de morir no dejaba de repetir cosas así. De algún modo, quizá en mi estupidez, necesitaba estar seguro de ello y sentenciar, en la medida de lo posible, aquello que irremisiblemente se escapaba de mi pequeño cosmos. Pero todo es distinto al otro lado, cada gesto, cada palabra. Desde aquí, desde el espejo de la nada, desde este lugar que no se encuentra en ningún sitio, el mundo resulta mucho más sencillo simplemente porque ya no tenemos que vivir en él. Uno se despoja entonces de toda pasión humana, preso en su condición de difunto. Adquiere competencias que algunos se pasan la vida buscando ,aprendiendo, en la mayoría de los casos ,que las grandes verdades se hallan ocultas en los más insignificantes detalles. Ahora, por ejemplo, veo a María frente a mi. Casi puedo sentir sus manos sobre las mías y sus ojos perdidos en la quietud del pensamiento. Su rostro es el reflejo de la más absoluta ausencia . Sus pupilas inertes se pierden en el vacío de la incertidumbre, resignadas a las preguntas sin respuesta. 
 Apenas quedan dos cigarrillos. El sol inunda la habitación dibujando finas franjas doradas que inciden sobre sus labios secos y arcaicos, atrapados en el lienzo espeso del tiempo que mata sin matar. Entonces mira hacia la ventana y enchufa el penúltimo pitillo porque sabe que a los muertos no nos incomodan los agentes nocivos del humo. Al principio no le importaba demasiado que yo fumara dos cajetillas al día, o que desmenuzara colillas en las madrugadas tristes, en que nos dejábamos morir . Pero no quiere que las grandes verdades de su existencia estropeen su disfraz de mártir por amor y llora mientras se acomoda el cabello sobre el hombro  izquierdo. El pensamiento fugaz de la muerte reaparece ahora en su conciencia como un minúsculo brote enfermizo que su voluntad aún no ha conseguido eliminar. ¿Para que la vida? Se repite sin descanso. Entonces algo en su interior la arrastra con fuerza ,de nuevo hacía la vida ; como si desde sus entrañas ,la verdadera razón de su existencia esperase en silencio el momento de revelarse. 
   Las últimas caladas apaciguan su llanto. Guarda la pitillera en el bolso y se seca la cara mientras fuera el cielo se agita y empieza a romperse en diminutas perlas acuosas. 
  Camino a casa, tras coger el autobús, María empieza sentirse mal; las figuras se hacen borrosas ante sus ojos y no siente nada. Al principio apenas un sutil hormigueo le recorre el cráneo y las mejillas para , poco a poco, ir extendiéndose por todo su cuerpo. Los sonidos se pierden en un balbuceo disperso pero constante que desemboca en un intenso zumbido impenetrable. Después todo se oscurece y se transforma en un vaivén extrañamente brusco; Un viaje que se hace cada vez más veloz para detenerse de súbito contra el suelo. 

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