En la pared extrañas figuras: ángeles, dioses, demonios. Qué sé yo. René no había dejado de pintar desde que llegó. Una vez le pregunté que utilizaba para confeccionar tan singulares obras de arte. Me miró entonces atónito; descolocado, como si mis palabras no fuesen mas que balas dirigidas a deshonrar a su pueblo. Sin mediar palabra sacó de súbito un cuchillo que guardaba en un pequeño baúl junto al camastro y ,lentamente, se fue cortando sobre la palma de la mano. Apretaba el cuchillo con fuerza, con el puño prácticamente cerrado sobre él. Mientras tanto, sus ojos, inyectados de una rabia centelleante, se clavaban en los míos. Un oscuro hilo de sangre descendía poco a poco por su muñeca, adherido a su desgastada piel; recorriéndola hasta llegar al codo tras haber pasado el antebrazo. Al solitario caudal de sangre se le fueron uniendo progresivamente pequeños afluentes que, caprichosamente, trazaban sobre la mitad baja de su brazo un curioso mural lleno de matices encerrados en la sutil simpleza dicromática de la piel y la sangre, habitada por millones de glóbulos rojos que en esta ocasión, no morirían en el hígado tal como tenían por costumbre.
- Ofendes a mis dioses- Me dijo.
Lentamente fue abriendo el puño con el que apretaba el cuchillo. La palma de su mano no era mas que un oscuro mural rojo que apenas podía vislumbrarse bajo aquel tenue resplandor amarillento que castañeteaba de cuando en cuando desde el techo. Su cara era el reflejo de la locura más absoluta. Sentí lástima y admiración al mismo tiempo. Ojala yo tuviese algo en que creer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario