Estaba de espaldas sobre la cama. Yo había preparado café cuando aún era de noche. Las dos tazas solitarias estaban sobre la mesita de luz, frías y olvidadas, como esperando a ser bebidas de un modo u otro, lejos ya de del placer de humear cálidamente para regocijo del bebedor dando con su dulce neblina en las narices.
Todo estaba gris. La escena parecía haber sido preparada a conciencia en un estudio de cine. Cada detalle tenía un por qué, nada se había dejado al azar; un atrezzo perfectamente medido y estudiado. Desde la disposición de los objetos hasta la actitud de los sujetos.
Lo bueno de tomar el café frío es que uno no se quema los labios. También viene bien de cuando en cuando para evacuar. El margen de fallo en este caso, sobre todo en ayunas, es mínimo. Yo había cogido mi taza; recuerdo que la sostuve en la mano como si quemase, como si a pesar de todo no hubiera perdido aun, aquél objeto, su esencia tradicional de taza. Porque uno agarra los objetos conforme estos son; me refiero, a partir de la idea que tenemos de ellos. Por ejemplo, un vaso corriente es un vaso corriente, se puede descuidar la manera de cogerlo, es simplemente un medio que utilizamos para beber agua, para hidratarnos. Si el vaso es transparente se entiende mucho mejor que así sea, porque queda de manifiesto su transparente intención, su inmensa sinceridad mostrándonos las entrañas de sí, de su contenido. La taza no, la taza es distinta. Es más cálida, mas hogareña, más reservada. Es básicamente calor. Si se rompe un vaso por ejemplo, no es una gran catástrofe, sin embargo, cuando se rompe una taza, siempre nos queda un pequeño sentimiento de culpa porque de alguna manera la taza es un objeto más entrañable al que, de algún modo, se le acaba tomando cariño con más facilidad. Es un clásico: mi taza- mi taza de la suerte-mi taza del desayuno-mi taza de la merienda. Taza de recuerdo de no sé donde que nunca uso. Taza que saco a los invitados cuando no quedan más vasos pero, siempre, como último recurso.
Un poco por eso sostenía, como dije, la taza tomada por la base, apoyada ligeramente en mi regazo, con esa sensación de fragilidad y nostalgia que se nos cuela en el alma en los días grises que alumbran a los poetas y enfrían tazas cálidas de café, con esa sensación que centellea en el pecho tras la ventana, viendo al aire fundirse con la mojada ley de la gravedad...
Hola, José. Siempre entro en los blogs con la desconfianza de que me voy a encontrar un derroche de lirismo desaforado que al final no me cuenta nada. Pero en tu caso doy gracias por haberme equivocado. Tus entradas son como canciones cortas tocadas con el acompañamiento de una guitarra acústica, composiciones escritas con admirable sentido del ritmo y lenguaje preciso.
ResponderEliminarPero lo que más me ha sorprendido es tu punto de vista, sobre la niñez, el tiempo, los recuerdos o un simple objeto, como este de la taza.Si no te importa, tomaré nota de ello para usarlo de alguna forma.
Ah,una pregunta, ¿por qué no tienes activado el gadget de seguidores? En los momentos chungos viene bien saber que hay gente que sigue lo que lees.
Un saludo, y espero que sigamos hablando.
muchísimas gracias por tu visita, compañero, y por tus palabras. Espero que sigamos en contacto.
EliminarIntentaré mirar lo del gadget. Lo que pasa es que no llevo mucho tiempo con esto y aun no me manejo bien. Gracias por el consejo.
ResponderEliminarHola, José.Ya te dije en el foro que te seguiría los pasos porque me gustó lo que leí tuyo.Por eso he entrado en tu blog y te reitero mi opinión de que merece la pena leerte.
ResponderEliminarMe gusta este elogio a la taza no solo por la forma de tratar un objeto que podría parecernos banal, sino el hecho mismo de detenerte en él.
Cuando entro en un bar y observo que sirven el café en vaso, siempre advierto que me lo sirvan en taza.No es lo mismo, como tú dices, y como yo considero.
Saludos.