Hola a todos los inconscientes, curiosos o despistados que, por h o por b hayáis venido a parar a este espacio que he creado para regurgitar mi conciencia si es preciso. Fuera de típicas jergas introductorias, lejos de palabras de protocolo, espero que el viajero disfrute de su pérdida, si así lo pretende, en este lugar para desahogar penas y esbozar deseos y sueños; para compartir desgracias e ilusiones .

Saludos desde el mundo invertido.

José Costa

domingo, 15 de abril de 2012

La contingencia.



¿Volvería a ver su rostro sonreír?. Aún no lo sabía. Se despidieron con un beso, y luego con la mano hasta que el taxi se alejó perdiéndose en las arterias de aquella ciudad, donde una noche habían coincidido en un portal mientras se guardaban de la lluvia. Ninguno de los dos, hasta mucho tiempo después, había de sospechar que aquel lunes sin color, que aquellas horas grises en que habían decidido salir a la calle sin más propósito que el de encontrar una solución a las nimiedades cotidianas , habría de significar el final para los dos. Aquella contingencia, la de salir sin más a la calle, coincidiendo en el espacio y en el tiempo en un lugar determinado, la de la lluvia incesante… Todo resultaba una conjuración macabra; una sucesión de segundos alineados en dos voluntades ajenas que sin embargo se buscan sin creerse en voluntad de buscarse. La contingencia, bonita palabra. O no.
  Mas de una vez hablaron de ello después de hacer el amor en algún hostal, o en el piso de Judith. Con el tiempo, incluso desarrollaron la capacidad de encontrarse casualmente en cualquier lado, sin importar la hora o la situación previa. Se intuían en el espacio, a través de aquella maraña de coches y de horas perdidas. A veces en un café, otras frente a un escaparate, en una librería. Durante algún tiempo llegaron  a dominar el destino escondido en las posibilidades. En cada decisión que tomaban, por insignificante que pareciera, estaban eligiendo al otro constantemente. Claro que, después de los primeros encuentros todo se reducía a una cuestión matemática: al tamaño de la ciudad, el número de cafés y de librerías, o al número de bancos de los parques. También pasaba que cada vez era mayor la necesidad de verse, y aunque nunca lo reconocieron, ambos, cada uno a su modo, aprendierón a moverse con los pies del otro,  a sentirse otra cosa distinta de sí. Se amaban en silencio. Se amaban en el miedo de amarse. . Lástima. 
 Lástima, porque de haber sido al contrario, probablemente ella no hubiera cogido ese taxi que poco después se saldría de la carretera en un despiste del taxista que había pasado la noche en el puticlub, y no había conseguido la dosis necesaria de cocaína para mantenerse despierto al día siguiente. Lástima porque el chico de la ambulancia, que le había cambiado el turno a un compañero,  no podría ver cómo su mujer daba a luz una niña preciosa que se había adelantado de repente y a la que llamarían Judith, por capricho de su madre, aunque él hubiera preferido algo más tradicional. Se maldecía de su suerte constantemente mientras cruzaba la ciudad y le informaban por radio de que lo más probable es que no hubiera supervivientes. La chica había muerto en el acto.  El taxista salvaría la vida gracias al airbag delantero.
  Lástima porque ella lo hubiera dejado todo para no tener que marcharse. Porque en el fondo ansiaba escuchar de sus labios aquello que sus labios y sus ojos y sus manos delataban a cada instante. Pero no dijo nada, solo un beso cargado de resignación y un adiós lejano con los ojos vidriosos.
  Camino al aeropuerto no pudo evitar llorar tímidamente, mientras el taxista la miraba a través del espejo retrovisor. No tenia buena cara. Poco a poco fue alargando la mano buscando sus piernas mientras se relamía y la controlaba  con la mirada. Forcejearon un poco hasta que la dejó en paz.
   Luego no tardó en cerrar los ojos y matarla: Primero sintió frío, después nada. Ni siquiera pensaba en él.

  Después de que se fuera se quedó mirando la calle aun unos minutos. Veía latir la ciudad en un caos absurdo. Las lucecitas de los semáforos, el hombrecillo verde y el rojo. Se ofrece señora de la limpieza en una farola; si, al lado de se busca compañera de piso que no fume. Mejor volver a casa y dormir un poco. En el fondo había tenido suerte, se decía mientras caminaba sin prisa hacía su bloque que ya asomaba dos calles más arriba. Tendría que dar las gracias a Julio por haberle cambiado el turno con la ambulancia, y prepararse para suplir las próximas veinticuatro horas de un tirón. 
  La luz del salón estaba encendida. Últimamente siempre andaba con la cabeza en otro lado, (de otra forma nunca hubiera dejado la luz encendida). Colgó el abrigo en el perchero y apagó la luz. 
   En el dormitorio había varios libros abiertos sobre la mesa, entre papeles llenos de notas y borrones. Los miró un momento y se preguntó el porqué de tantos tachones sí la mayoría de las veces no conseguía siquiera sacar una idea que mereciera la pena tener. Luego la costumbre de leer varios libros a la vez , desordenadamente, un poco por intuición o por impaciencia… Claro, por eso tanto borrón, concluyó. 
   Ni siquiera se quitó la ropa, simplemente se echó un momento sobre la cama y perdió la conciencia. 
   En unos minutos estaría otra vez con ella; en el mismo portal el mismo lunes cualquiera, bajo la misma lluvia. Esta vez no olvidaría decírselo;  pues tenía toda la eternidad para recordarlo.
 

sábado, 14 de abril de 2012

Vuelta a empezar.



El gato había terminado por romper la bolsa y había sacado los restos de lo que parecía un muslo de pollo asado. Con una pata sostenía la parte más gruesa de la pieza mientras repelaba el resto, hasta la más mínima pizca de carne que se hubiera incrustado en los huesos. 
  Costa se quedó mirando el sucio hocico del animal que había parado de comer y lo miraba con sus grandes ojos amarillos alerta, como dos gotas de luz a once mil metros de profundidad, en el océano. “Tu debes andar más abajo, mucho más abajo, compadre.” Siempre le habían asustado las aguas oscuras. Las aguas negras y opacas que bajo sus pies se arremolinaban, arrastradas por corrientes invisibles. Lo aterraba la idea de no ver más allá de la superficie de las cosas, la sola concepción de la oscuridad por la oscuridad. Realmente resultaba grotesco. 
  El gato lo miraba fijamente y durante un momento intentó sin éxito establecer cualquier tipo de contacto mental con el animal (Pues era una estúpida costumbre que tenía desde hacía tiempo, nadie sabe porqué, la de intentar comunicarse con los animales). “Eres un imbécil pero de los auténticos, Ricardo”, pensaba “ Solo es un puto gato”. Luego, sin saber muy bien por qué, siempre acababa enredado en razonamientos, en vericuetos absurdos de la mente, caminos de confusión y dislocaciones varias que le hacían pensar que tampoco existía una excesiva distancia entre el gato y él. Y vuelta a empezar.

martes, 10 de abril de 2012

Una orilla del camino.



Una flor empieza a romperse, aprovechando los últimos rayos del sol, dejándose acariciar por ellos mientras se despereza, lentamente, solitaria en una en una orilla del camino. A su lado un pequeño escarabajo arrastra trabajosamente su bola de mierda, tan grande que casi lo supera en tamaño por dos veces. Intenta subir un peñón aislado, cerca de la florecilla, pero la bola siempre acaba cayéndose. Vuelve a probar. Ahora parece que lo consigue, incluso parece haber avanzado un poco más en su hercúleo esfuerzo por llegar a la cima, y aunque ha vuelto a caer, por más que el viajero lo observe pataleando inútilmente en el suelo, rendido ante la fuerza de la gravedad, en el fondo sabe que está cada vez más cerca; que incluso, probablemente, la primera cima que hubiera divisado, no fuera esta misma cima que ahora persigue y que se le va escapando con  cada centímetro ganado a la piedra.


  Todos nos caemos alguna vez de la cima sin haberla conquistado, sentimos, de algún modo, que todo se nos vuelve como lejano. Para colmo las grandes bolas de mierda. Tan grandes se hacen que la mayoría de las veces acaban por pringarnos, por sepultarnos en los deshechos de los demás y  los nuestros propios, sobre todo en éstos últimos, que son, a su vez, la mierda del otro.


  Tras un momento de observación, a la espera de que el insecto dé alguna muestra fiable en aquélla empresa de subir el peñón, el viajero de las preguntas extrañas, el mismo que se rasca la cabeza y la nariz, el mismo que duda ante la disgregación de los caminos, este mismo, concluye en que no merece la pena andar siempre anegado de mierda subiendo cuestas. No hay necesidad de salir del fango si al final volvemos al fango. Si al final no somos sino el propio fango.

Los hombrecillos.







 A veces pienso que las palabras tienen vida propia, que me poseen, que al cabo del tiempo son como un espejo; y siento que al escribirlas, estoy delatando una parcela de mi ser, y que, al amarlas, se van volviendo lo que soy hasta quedarse, hasta adueñarse por completo de mí. Tal es mi locura que incluso soy incapaz de hacer nada si no me lo dicen ellas. La mayoría de las veces ni siquiera tengo que escribirlas en un formato definido: basta con mirar un diario, con escuchar las conversaciones ajenas o soñar despierto antes de tomar mis medicinas para dormir. Ellas solas se van escribiendo en mi cabeza; constantemente, mientras me dan de comer, mientras me cambian el pañal, mientras duermo. Deben ser estas pastillas del demonio.
   Cuando despierto a penas puedo abrir los ojos. Soy un cachorro de lobo recién parido, un cachorrito adorable en brazos de una mulatita preciosa. Los párpados pegados, las legañas… que bien se esta con los ojos cerrados, carajo. Es entonces cuando más escribo, y organizo  mi mente para  el resto del día. Muchas veces, la mayoría, es como si, ya una vez despierto, tuviera entre mis manos la edición definitiva de mi obra, el volumen terminado con sus páginas frescas y olorosas, pulido y corregido desde el índice hasta el punto y final. El trabajo previo, los manuscritos, los estudios… todo ha sido trabajado a fondo durante la noche, con una diligencia sagaz, durante los sueños que ya no recuerdo. Imagino a los hombrecillos y señoritas que viven dentro de mi, atareados de acá para allá, con papeles en la mano, fumando Winston o cualquier porquería de liar, bebiendo café mientras revisan ojerosos las palabras que brotan sin descanso de mis tejidos cerebrales mientras duermo. Los imagino en la sala de proyección tomando nota de cada imagen; de Marina riendo, cogiendo flores en el jardín de mi casa sin jardín; de las enredaderas que trepan el techo agrietado y se van descolgando hasta volverse una jungla, con sus indígenas y todo pintados de azul, y su piel de pantera sobre la cabeza mientras preparan un corazón sobre las grandes hojas mojadas y verdes del humus ecuatorial: en cuclillas, todo bien sazonado, aun parece latir. De nuevo Marina. Ahora el pelo de Marina. La jungla. Los indígenas. El corazón latiendo vestido de sangre espesada, menú del día: corazones en su salsa.


  Esto no se lo cuento a nadie porque no quiero que piensen que estoy loco. Sentirse loco es sentirse desplazado. ¿Se imaginan un mundo sin locos?. Desde luego para el sector de los manicomios sería un duro golpe: zas , y todos al paro de un plumazo, las enfermeras, los chicos del comedor. Que desastre. Habría que inventar nuevos locos para darle trabajo a esa gente, establecer planes de acción acordes a momentos de crisis, con sus gabinetes extraordinarios y sus convenios patronal- sindicatos-sector público. Que pereza la cordura, tu. Que locura.

viernes, 6 de abril de 2012

Se puede dudar de dios.

Se puede dudar de dios, de la razón absoluta, del sistema financiero, de los cafés de máquina, de las bebidas de discoteca, de la calidad de un producto, se puede dudar de una idea, se puede dudar de dudar siempre, se puede dudar de no dudar. Pero el amor es innegable. Sólo es posible amar en grado positivo.

Un niño es.


El niño que se va haciendo adulto, muere. Muere como niño, como entidad de niño, como “concepto” , si se pretende. Un niño es algo así como una novela por escribir; algo así como la veleta que se agita incesante y se arremolina dentro del pecho. Un niño es una tormenta dulce. Es todo lo que aún no es.
  El niño se hace adulto y muere, definitivamente. La pena, sin embargo,  consiste en volver a ser niño; en sentirse niño al cabo de los años y morir un poco más cada mañana, frente al espejo, contemplando cómo se nos escapa lo que fuimos, cómo dejamos de ser a cada instante. Cómo añoramos el tiempo que nos olvida. 

La Taza.


Estaba de espaldas sobre la cama. Yo había preparado café cuando aún era de noche. Las dos tazas solitarias estaban sobre la mesita de luz, frías y olvidadas, como esperando a ser bebidas de un modo u otro, lejos ya de del placer de humear cálidamente para regocijo del bebedor dando con su dulce neblina en las narices.
   Todo estaba gris. La escena parecía haber sido preparada a conciencia en un estudio de cine. Cada detalle tenía un por qué, nada se había dejado al azar; un atrezzo perfectamente medido y estudiado. Desde la disposición de los objetos hasta la actitud de los sujetos. 
  Lo bueno de tomar el café frío es que uno no se quema los labios. También viene bien de cuando en cuando para evacuar. El margen de fallo en este caso, sobre todo en ayunas, es mínimo. Yo había cogido mi taza; recuerdo que la sostuve en la mano como si quemase, como si a pesar de todo no hubiera perdido aun, aquél objeto, su esencia tradicional de taza. Porque uno agarra los objetos conforme estos son; me refiero, a partir de la idea que tenemos de ellos. Por ejemplo, un vaso corriente es un vaso corriente, se puede descuidar la manera de cogerlo, es simplemente un medio que utilizamos para beber agua, para hidratarnos. Si el vaso es transparente se entiende mucho mejor que así sea, porque queda de manifiesto su transparente intención, su inmensa sinceridad mostrándonos las entrañas de sí, de su contenido. La taza no, la taza es distinta. Es más cálida, mas hogareña, más reservada. Es básicamente calor. Si se rompe un vaso por ejemplo, no es una gran catástrofe, sin embargo, cuando se rompe una taza, siempre nos queda un pequeño sentimiento de culpa porque de alguna manera la taza es un objeto más entrañable al que, de algún modo, se le acaba tomando cariño con más facilidad. Es un clásico: mi taza- mi taza de la suerte-mi taza del desayuno-mi taza de la merienda. Taza de recuerdo de no sé donde que nunca uso. Taza que saco a los invitados cuando no quedan más vasos pero, siempre, como último recurso.
 Un poco por eso sostenía, como dije, la taza tomada por la base, apoyada ligeramente en mi regazo, con esa sensación de fragilidad y nostalgia que se nos cuela en el alma en los días grises que alumbran a los poetas y enfrían tazas cálidas de café, con esa sensación que centellea en el pecho tras la ventana, viendo al aire fundirse con la mojada ley de la gravedad...

jueves, 5 de abril de 2012

A mi abuelo.


   Siempre estaba en su mecedora beige, con el torso descubierto y los ojos entreabiertos ante las correrías de indios y vaqueros en Tabernas. El fulgor de sus disparos sobreiluminaba por pequeñas fracciones de segundo el garaje de olor a gasolina y a verano donde nada más existía fuera de mi abuelo , el lejano oeste, la mecedora ,y yo.  Los azulejos dibujaban grotescamente las siluetas de los mesteños pintos de los pieles rojas , y de los grandes y fornidos jacos del séptimo de caballería. Ambos acababan fundiéndose en el disperso bailar de la luz sobre la piedra cenefa, ensombrecida por la noche que cautelosamente se colaba  entre los flecos de la cortina de las moscas acompañada del refresco de las doce y media.
 Las noches de verano no existían aquí. Las prisiones siempre son lugares fríos. Al menos, yo no conocí nunca ninguna que aglutinara algo de calor, ya estuviera la prisión en el Sahara o en los confines de los Andes. De todos modos, hace tiempo que ya no me importa un carajo mi lugar de residencia, me basta, simplemente, con saber que estoy en el mundo. Ahora sin embargo, ese factor me resulta también indiferente; de hecho preferiría que no existiesen lugares así en el mundo, aunque según dicen fuera la otra realidad no dista mucho de esto.
   Ya no recuerdo el exterior. He olvidado el aspecto de la hierba mas allá de las montañas sedientas y de las rocas duras que reducen mis fronteras a las estancias reducidas de mis cárceles. Dicen que de todas formas no queda hierba ahí fuera; que ha desaparecido el color del aire y de las cosas.
                                                           

María


María


Todos necesitamos de los demás para ser nosotros mismos.
  Antes de morir no dejaba de repetir cosas así. De algún modo, quizá en mi estupidez, necesitaba estar seguro de ello y sentenciar, en la medida de lo posible, aquello que irremisiblemente se escapaba de mi pequeño cosmos. Pero todo es distinto al otro lado, cada gesto, cada palabra. Desde aquí, desde el espejo de la nada, desde este lugar que no se encuentra en ningún sitio, el mundo resulta mucho más sencillo simplemente porque ya no tenemos que vivir en él. Uno se despoja entonces de toda pasión humana, preso en su condición de difunto. Adquiere competencias que algunos se pasan la vida buscando ,aprendiendo, en la mayoría de los casos ,que las grandes verdades se hallan ocultas en los más insignificantes detalles. Ahora, por ejemplo, veo a María frente a mi. Casi puedo sentir sus manos sobre las mías y sus ojos perdidos en la quietud del pensamiento. Su rostro es el reflejo de la más absoluta ausencia . Sus pupilas inertes se pierden en el vacío de la incertidumbre, resignadas a las preguntas sin respuesta. 
 Apenas quedan dos cigarrillos. El sol inunda la habitación dibujando finas franjas doradas que inciden sobre sus labios secos y arcaicos, atrapados en el lienzo espeso del tiempo que mata sin matar. Entonces mira hacia la ventana y enchufa el penúltimo pitillo porque sabe que a los muertos no nos incomodan los agentes nocivos del humo. Al principio no le importaba demasiado que yo fumara dos cajetillas al día, o que desmenuzara colillas en las madrugadas tristes, en que nos dejábamos morir . Pero no quiere que las grandes verdades de su existencia estropeen su disfraz de mártir por amor y llora mientras se acomoda el cabello sobre el hombro  izquierdo. El pensamiento fugaz de la muerte reaparece ahora en su conciencia como un minúsculo brote enfermizo que su voluntad aún no ha conseguido eliminar. ¿Para que la vida? Se repite sin descanso. Entonces algo en su interior la arrastra con fuerza ,de nuevo hacía la vida ; como si desde sus entrañas ,la verdadera razón de su existencia esperase en silencio el momento de revelarse. 
   Las últimas caladas apaciguan su llanto. Guarda la pitillera en el bolso y se seca la cara mientras fuera el cielo se agita y empieza a romperse en diminutas perlas acuosas. 
  Camino a casa, tras coger el autobús, María empieza sentirse mal; las figuras se hacen borrosas ante sus ojos y no siente nada. Al principio apenas un sutil hormigueo le recorre el cráneo y las mejillas para , poco a poco, ir extendiéndose por todo su cuerpo. Los sonidos se pierden en un balbuceo disperso pero constante que desemboca en un intenso zumbido impenetrable. Después todo se oscurece y se transforma en un vaivén extrañamente brusco; Un viaje que se hace cada vez más veloz para detenerse de súbito contra el suelo. 

Cuestión de fe.


 


  En la pared extrañas figuras: ángeles, dioses, demonios. Qué sé yo. René no había dejado de pintar desde que llegó. Una vez le pregunté que utilizaba para confeccionar tan singulares obras de arte. Me miró entonces atónito; descolocado, como si mis palabras no fuesen mas que balas dirigidas a deshonrar a su pueblo. Sin mediar palabra sacó de súbito un cuchillo que guardaba en un pequeño baúl junto al camastro y ,lentamente, se fue cortando sobre la palma de la mano. Apretaba el cuchillo con fuerza, con el puño prácticamente cerrado sobre él. Mientras tanto, sus ojos, inyectados de una rabia centelleante, se clavaban en los míos. Un oscuro hilo de sangre descendía poco a poco por su muñeca, adherido a su desgastada piel; recorriéndola hasta llegar al codo tras haber pasado el antebrazo. Al solitario caudal de sangre se le fueron uniendo progresivamente pequeños afluentes que, caprichosamente, trazaban sobre la mitad baja de su brazo un curioso mural lleno de matices encerrados en la sutil simpleza dicromática de la piel y la sangre, habitada por millones de glóbulos rojos que en esta ocasión, no morirían en el hígado tal como tenían por costumbre.
      
    - Ofendes a mis dioses- Me dijo.


 Lentamente fue abriendo el puño con el que apretaba el cuchillo. La palma de su mano no era mas que un oscuro mural rojo que apenas podía vislumbrarse bajo aquel tenue resplandor amarillento que castañeteaba de cuando en cuando desde el techo. Su cara era el reflejo de la locura más absoluta. Sentí lástima y admiración al mismo tiempo. Ojala yo tuviese algo en que creer.
    


La estrella más lejana.

Había comenzado a llover, y las calles, impregnadas por la leve brisa mojada del otoño, me hacían volver a la infancia que la guerra me robó. Recordaba largas tardes pintadas de verde, bañadas por el morir del sol. El cobrizo añejo de la madera que a veces cantaba con el viento. Recordaba la voz de mi padre a la luz de la noche,  acariciándome los oídos con viejas historias sobre lo que el llamaba  pasado. 
  Y, aunque nunca llegué a comprender muy bien lo que quería decirme, me encantaba soñar despierto entre sus brazos; escuchando lento el cálido sonido de sus cuerdas vocales mientras ambos nos perdíamos en el complejo bailar de las estrellas que, según contó mi padre una vez, se movían a con una rapidez pasmosa, y tenían un tamaño superior a todo cuanto pudiera imaginar. “No dejes nunca de buscar respuestas”, solía decirme sentado frente al fuego, “No dejes que te las cuenten hijo, la verdad es algo que solo tu debes descubrir”.

  EL RELOJ SIGUE SU CURSO




 Apenas es posible distinguir el tiempo; archivarlo constantemente en recuerdos. Apenas es posible apreciar lo ajeno, lo abstracto, lo simbólico... Ya no soy capaz de hacerlo. Vivo en un amargo presente que mantiene mi espacio invariable, perenne. Un “ahora” que nunca se hace un “antes” y un futuro que, como en el sentir temporal de los humanos, tampoco existe aquí. Cada hora del día se repite a la misma hora del día siguiente, y así, durante veinticuatro veces que se repiten constantemente en a su vez constantes periodos alternativos de luz y de oscuridad. 
   El tiempo es una sucesión de medidas; de unidades que se arropan las unas a las otras conservándose mutuamente. Paradójicamente, el problema del tiempo representa la síntesis entre lo eterno e intemporal, y el dinamismo del devenir a que nos sometemos como parte del espacio. 
   El tiempo es en sí su propio enemigo: su continuidad se basa en su destrucción y ésta a su vez en la conservación. 


La vida funciona de manera similar. Cosa que por otra parte no tiene nada de insólito ya que, vivir es, en gran medida, un tránsito que requiere de la continuidad del tiempo, que se halla unido a él; consagrado a su acción; a su hacer continuado. Un hombre, sin embargo, no constituye más que un escaso nanosegundo que se pierde en el reloj de la humanidad, y que a la vez construye la masa que forma la totalidad de la especie. 


El tiempo determina todo ello con su muerte: rápida para un hombre; lenta para Dios.


Cosas así son pensadas por almas pasivas. Yo, he disfrazado la mía durante demasiado tiempo, aun sabiendo de su inexistencia. Pude constatarlo cuando llegué aquí, cuando probé la carne humana y perdí el sentido del tiempo. Quizás, y sólo quizás, el motivo de hallarme ahora a pocas horas de mi ejecución sea la causa por la cual recuerdo tales pensamientos por los que, en otros tiempos hubiese dado la vida. Es posible que así sea. Sin embargo, ahora sé que la vida es algo que nunca se da; la vida se emplea. Luego, el tiempo o el azar se encargan de llevársela. Nada más. 
   El reloj cuenta los segundos en la pared y me siento extraño, pues es la primera vez en mucho tiempo que veo medir los periodos temporales, y tengo contacto con la cultura. Es una lástima que tenga que morir justo ahora. Casi he olvidado el modo de coger el lápiz con el que escribo, he olvidado las palabras. Sin embargo, también sé que, a pesar de todo, prefiero la muerte, pues es evidente que hace una eternidad que empecé a morir; primero como ser humano, luego como hombre y, dentro de unas horas, lo haré como ser. 
   La sala de espera, como la llaman aquí, no es más que un cubículo irónicamente lúgubre. Cuatro paredes límpidas y lisas, que desentonan con el compendio de celdas donde las bestias esperan, se alzan desprovistas de ventanas; fantasmagóricamente, dejando distinguir en uno de sus extremos una pequeña puerta de aspecto hermético, similar a las que según yo podía recordar, se utilizaban en buques de guerra y submarinos. Frente a mí, un pequeño pupitre repleto de dibujos en la madera me sirve de apoyo para terminar esta carta que nadie leerá, pero la cual, según las leyes, tengo derecho a escribir.
   No hay, ciertamente, mucho que contar de alguien que ha pasado más de la mitad de su vida en una celda hecha de sombras y desechos. Tampoco es posible relatar ninguna bonita anécdota de los años anteriores a mi cautiverio. Aunque resulta curioso pensar que, fue precisamente la ilusión del amor, aquello que me trajo aquí. Me arrastró sin permiso. Uno se ve arrojado al mundo preexistente y sólo puede hacerse mediante sus acciones, viéndose, al mismo tiempo, condicionado por su existencia en el mundo de los otros. El amor no deja de ser una condición: se es esclavo del deseo ajeno. No es de extrañar que, en tal tesitura, las acciones que han de hacer a un hombre, que han de dar sentido, si se prefiere, a su existencia, queden inexorablemente reducidas al círculo peligroso del amor. Sin embargo existen varios tipos de amor, en los cuales, dicho círculo se amplia. Pasiones. Acciones proyectivas.
   La puerta se abre súbitamente en este momento y, a través de ella, veo acercarse a un funcionario de prisiones con una carpeta en la mano. Tiene aspecto atlético, sufre de alopecia y un tupido bigote puebla gran parte de su rostro escuálido y huesudo.


-¿Ha terminado?-Me pregunta lazando una rápida mirada a mi carta.
- No se preocupe, no tardaré mucho.


Después de anotar algo en su carpeta, escucho como la estrecha cavidad submarina se cierra parsimoniosamente tras él. Vuelvo a estar solo. Nunca supe estar de otra manera. 
   Quizá todos estemos solos con nuestra existencia; una existencia vacía que se llena de acciones y que al tiempo se consume. Vivir es aprender a morir. Rendirse al tiempo que nos engaña con ilusiones de lo que aún no hemos vivido. Nada existe en la conciencia por sí misma, sino la conciencia de algo. No se puede pensar el pensar. 
No al menos por sí sólo. Mas, resulta ciertamente extraño que, a pocas horas de mi ejecución, tales jergas, a menudo absurdas, ocupen las líneas que tan dentro de la legalidad me han sido brindadas. ¿Tan vacía se encuentra mi existencia como para desperdiciar mis últimas palabras en tales reflexiones de tres al cuarto? En efecto, soy un caído del mundo; del existir; ha muerto mi contenido: ya no sé quién soy, solo sé que soy. Soy consciente de mí, pero no sé quién va a morir. 
  Siento ahora un intenso escalofrío, húmedo, electrizante. Siento el cuerpo efervescente, exaltado ¿Será que acaso quiere escapar de sí? No hallare respuesta, pues, a mi ser, le está siendo arrebatado su tiempo; su esencia, su condición. Empiezo a sudar como nunca antes lo había hecho; es un líquido helado, como la muerte misma; cual macabro preludio de la nada. Hace algún tiempo que no escribo. Papel y lápiz cayeron al suelo mientras el miedo se posaba sobre mí. Había olvidado el miedo, ya que, simplemente, tampoco tenía que perder. Ahora, sin embargo, una tempestad angustiosa se arremolina en mi pecho; me oprime y me hace débil: vulnerable. Siento desesperación, cólera, un odio desmesurado que se apodera de mí... No he sabido vivir... No he sabido ser... Tampoco sabré morir.


Dos individuos sin rostro penetran en la sala. El reloj sigue su curso.